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La palabra
que no existe

mito romántico

POR Michelle Rodríguez Chiw

En español hay un adjetivo que se utiliza de manera exclusiva para describir al género masculino. Si buscamos dicha palabra en el diccionario de la RAE podemos encontrar un vocablo que sirve para caracterizar a los hombres y que se emplea sólo como femenino cuando se habla acerca de perspectivas (planos), es decir, no hay manera en que éste contenga particularidades atribuibles a las mujeres. Además este adjetivo perpertúa estereotipos de género latentes que estamos buscando derrocar en estos momentos de imperativa revolución. A través de las palabras el sistema patriarcal ha dibujado una imagen de oposición entre el hombre y la mujer. De este modo, palabras como la que nos atañe en este momento, han ido construyendo la manera en que cada género vive el amor y su propia existencia. Así es, un vocablo tan simple como caballero (imposible de usarse para nosotras), nos ha mostrado el camino que nos corresponde como mujeres socialmente construidas, “limitándonos” a desarrollar atributos relacionados con la servicialidad, la abnegación, el afecto, la indiscreción, la debilidad y la sensibilidad; contrarias a las características que presupone un hombre caballeroso: distinción, nobleza, generosidad, fuerza y valentía. Caballero se comenzó a popularizar desde el Medievo en la literatura caballeresca, la cual resaltaba las cualidades masculinas que debía poseer un hombre para obtener una dama digna de su grandeza con quien conformar una relación de amor cortés. De hecho, el amor romántico que conocemos ahora proviene de ese ideal en el que la mujer esperaba comprometerse al hombre de sus sueños donde la unión significaba una desigualdad entre ambos géneros binarios. Con el tiempo, este adjetivo se empezó a utilizar de forma cotidiana para describir a un hombre que cumple con ciertos requerimientos que la sociedad le ha impuesto: amable, generoso, amoroso. Y, para ello, necesita realizar una serie de acciones propias de su naturaleza fuerte e invencible: ceder el asiento, abrir la puerta del coche y entregar regalos ostentosos esperando recibir algo a cambio por eso. Entonces, la presente palabra visibiliza cualidades que las mujeres “no pueden” gozar; no hay un equivalente que muestre los mismos atributos del género femenino, por lo tanto, ésa es la palabra que no existe, la ausente, la que no puede destacar valentía, grandeza, distinción y nobleza de quienes han sido tildadas por mucho tiempo como el sexo débil. Es nuestra responsabilidad como una sociedad moderna en constante evolución buscar nuevas maneras de nombrar lo que no se ha nombrado antes; buscar nuevas alternativas que no excluyan a otrxs integrantes de nuestras comunidades; buscar alternativas lingüísticas no patriarcales que evidencien que las mujeres sí existimos; porque todxs merecemos tener un adjetivo que magnifique nuestras aptitudes y destaque nuestras acciones desinteresadas. Cuando comencemos a mostrar que tanto hombres como mujeres pueden comprometerse, ser valientes, ser fuertes, ser sensibles y ser generosxs, nuestra manera de vivir el amor cambiará para siempre. Hay que componer esa palabra, la que aún no existe.

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