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¿Realmente existe una esencia femenina?

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POR Michelle Rodríguez Chiw @michellerchiw

Uno de los resultados de coexistir en sociedad es la formación de actitudes, habilidades y personalidades a partir de los distintos sistemas que delimitan nuestro comportamiento a lo largo de la vida. (a) No parece coincidencia que tanto a las mujeres como a los hombres nos hayan atribuido características naturales que no son más que elementos que nacieron en la sociedad y en la educación que recibimos desde la niñez. (b) Que nuestras vidas estén enlazadas a un sistema patriarcal nos condiciona a desarrollar habilidades o destrezas que nos permiten habitan nuestra existencia en el contexto actual. Como mujeres históricas, nos han asignado peculiaridades que hasta en la actualidad se consideran como “propias de nuestro género”; por ejemplo, una perspicacia genuina, una intuición infalible, un gusto incomparable por hablar, una capacidad para sostener compromisos y una facilidad para resolver problemas. Estas atribuciones parecieran meras coincidencias cuando no lo son. La educación en la que nos hemos desarrollado, pese a no ser en todos los casos explícitamente machista, ha impulsado el nacimiento de estas singularidades, ya que desde niñas nos hemos enfrentado a la tarea de resolver problemas de manera instantánea e independiente. Mientras que muchos padres y madres colocaban especial atención en ayudar a sus hijos varones a ejecutar ciertas actividades, muchas de nosotras obtuvimos la temprana responsabilidad de hacer de manera independiente nuestras actividades debido a la misma idea perpetuada de que nosotras tenemos la capacidad de hacer ciertas labores con más fluidez; esto se convierte en un ciclo eterno en el que un estereotipo antiquísimo influye en la formación de generaciones futuras. Por otro lado, muchas mujeres, desde niñas, se convierten en las confidentes de su madre; son quienes escuchan las aventuras, problemas y emociones de quien las vio nacer. Al otorgarnos este papel, el de ser amigas de una adulta, predominan en nosotras una facilidad para comunicarnos y un gusto por intercambiar diálogos que contribuyan a la resiliencia del otrx, de ahí que se considere que las mujeres “maduramos más rápido”. De hecho, muchas de las actividades que nos han enseñado nuestras madres derivan de su propia formación, por lo que es innegable la influencia que ejercen sobre nosotras. Si nuestra madre, entre mil ocupaciones, nos solicitaba ayuda inmediata, compartía con nosotras los atajos para solucionar imprevistos concretos. Sin olvidar que lo antes mencionado aunado al continuo acoso al que nos enfrentamos, derivan en un cuidado minucioso de nuestras decisiones, nuestra manera de vestirnos, nuestra manera de comportarnos y los lugares que frecuentamos. Uno de los espacios en los que podemos divisar la diferencia de personalidades y de cómo reaccionamos ante los acontecimientos, es en las relaciones afectivas. Con regularidad, las mujeres somos quienes asumimos, en la mayoría de los casos, la responsabilidad de nuestro lazo sentimental. También, intentamos buscar soluciones, controlar las situaciones y hallar caminos alternos. Esto se observa, incluso, en casos mínimos como en una ida al supermercado o en un viaje exprés. Cabe agregar que nos convertimos en un tipo de figura maternal al querer rescatar de sus problemas a quienes amamos. Advertir que todas aquellas capacidades que suponen la esencia femenina no son más que mecanismos que construimos por medio de los años, nos ayuda a dar cuenta de las diferencias de género más invisibles, esas que están escondidas tras la silla, pero que causan un prolongado ruido latente. Asimismo, debemos darnos crédito por esas competencias increíbles que nos otorgan sensibilidad para diversos aspectos diarios. Mujer no es sinónimo de madre, psicóloga, médica, salvavidas; debemos comenzar por dejar de asumir ciertos cargos que nos vinculan a relaciones dependientes. La única forma en que un individuo puede salvarse, es a través de sí mismo.

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